Fin de semana en el Empordà: arroz, anchoas y vinos entre mar y montaña
El viernes por la tarde salimos de Barcelona con el coche cargado de ganas de comer bien. Tres horas después ya estábamos en Pals, con el arrozal extendiéndose a ambos lados de la carretera como un mar verde que se movía con el viento. Aparcamos, nos pusimos las botas y dimos un paseo entre los campos antes de que anocheciera. El arroz de Pals tiene esa textura firme que aguanta el caldo sin deshacerse. Lo probamos en varias preparaciones a lo largo del fin de semana y siempre nos dejó con la misma sensación: es un producto serio.
El arroz como punto de partida
El sábado empezamos temprano. El mercado de Palafrugell estaba animado y allí vimos cómo los productores locales colocaban sus sacos de arroz junto a las hortalizas de temporada. Compramos un kilo para llevar y seguimos ruta hacia el interior. La comarca mezcla de forma natural productos del mar y de la montaña, y esa dualidad se nota en cada plato. Un arroz caldoso con bogavante por la mañana y, por la tarde, un civet de jabalí o unas albóndigas de ternera de la cercana Girona.
En el Empordà no hace falta elegir. Puedes alternar sin trauma entre un pescado a la brasa con allioli y un plato de carne guisada con setas de los bosques de les Gavarres. Nosotros lo hicimos así durante dos días y la sensación fue de coherencia total. La cocina de aquí no es de fusión forzada, es de aprovechamiento lógico del territorio.

Anchoas y el sabor del mar
Llegamos a L’Escala a media mañana del sábado. El olor a sal y a pescado curado se metía por todas partes. Las anchoas de la zona se preparan de forma tradicional, con sal y tiempo, y el resultado es una carne firme y sabrosa que no necesita casi nada más. Las comimos sobre pan tostado con un hilo de aceite y un tomate rallado. Simple y efectivo.
Desde el puerto dimos un paseo hasta las ruinas de Empúries. El contraste entre el azul del mar y las piedras griegas y romanas pone las cosas en perspectiva: aquí se lleva comiendo y bebiendo bien desde hace más de dos mil años. No es marketing, es pura continuidad. Después nos sentamos frente al mar con una botella de vino blanco fresco y repetimos las anchoas. No nos cansamos.
Los vinos de la DO Empordà
Por la tarde nos acercamos a una zona de viñedos cerca de Garriguella. La DO Empordà produce tintos con carácter y blancos que aguantan el pescado sin problemas. Los suelos son graníticos y la tramontana, ese viento fuerte del norte, concentra los aromas en la uva. Probamos varios: un garnacha gris que parecía casi un naranja natural, un tinto de cariñena con cuerpo suficiente para acompañar la carne de montaña y un moscatel que cerró la comida con postre de fruta de temporada.
Lo interesante de estos vinos es que no intentan imitar a nadie. Tienen una rusticidad elegante que encaja perfectamente con la cocina local. No son baratos, pero tampoco pretenden serlo. Pagan lo que vale el trabajo en un terreno complicado y con rendimientos bajos.
Pueblos donde parar sin prisa
Además de Pals y L’Escala, paramos en tres pueblos que nos gustaron especialmente. Peratallada parece sacado de una ilustración medieval, con sus murallas y calles empedradas. Comimos en una plaza pequeña y el silencio solo se rompía con el ruido de los cubiertos y alguna conversación en catalán. Muy recomendable a media tarde.
Begur, con su castillo en lo alto, ofrece vistas brutales de la costa. Subimos antes de que cayera el sol y bajamos con hambre. La zona de Aiguablava y Fornells nos tentó para un baño rápido, pero el viento era fresco y optamos por un paseo por el camino de ronda. Calella de Palafrugell, con sus casitas blancas y sus playas pequeñas, nos pareció el lugar perfecto para cerrar el domingo por la tarde con una copa mirando el mar.
Cada uno de estos pueblos tiene su ritmo y su carácter. Ninguno es grande, todos se recorren en poco tiempo, pero dejan ganas de volver. No están masificados fuera de los meses de julio y agosto, que es precisamente cuando más gente llega.
Mejor época para ir
Nosotros fuimos a finales de mayo y acertamos de pleno. La temperatura era agradable, los días largos y todavía no había llegado la avalancha turística del verano. La primavera y el otoño son las mejores épocas para disfrutar del Empordà con calma. En primavera los campos están verdes y los menús incorporan guisantes, habas y alcachofas. En otoño llegan las setas y la caza, y los vinos nuevos empiezan a aparecer en las cartas.
El verano es bonito pero intenso. Si no os importa el bullicio y el precio más alto de todo, podéis ir. El invierno, en cambio, tiene su encanto para quien busca soledad y platos más contundentes. La tramontana sopla fuerte y los restaurantes que quedan abiertos preparan guisos que entran de maravilla.
Volvimos el domingo por la noche con el coche oliendo a aceite, a vino y a mar. Traíamos arroz, un par de botellas y la sensación de haber comido con sentido. El Empordà no decepciona cuando se trata de mesa. Es una zona que se toma en serio lo que produce y lo sirve sin postureo. Nosotros repetiremos, probablemente en octubre, cuando las setas y los vinos tintos tomen el protagonismo.
